Metamorfosis hacia mi sumisión


Comencé mi deambular por el mundo de los azotes desde muy pequeña. Siempre supe que mis gustos no eran normales y me agradaba la idea de ser diferente, de salir del canon establecido, sin embargo, mi participación en real dentro de un juego de roles con fines sexuales, se dio hasta que cumplí 24 años y, desde entonces, he disfrutado de innumerables formas lo que a mi cuerpo y mente satisfizo siempre: las nalgadas.

Me convertí en una spankee y, aunque varias veces recibí la propuesta de incursionar en el mundo de la sumisión, siempre me negué a ello. Creo que había miedo e ignorancia en mí, además, siempre me sentí muy cómoda en mi rol de spankee, así que no veía razón para abandonar aquello que tan bien me salía. 

Alguna vez también me sugirieron que era yo 'masoquista', el término me pareció tan fuerte que lo descarté de inmediato. Con los años me fui convirtiendo en una spankee experimentada, casi experta en diferentes prácticas e instrumentos, sin embargo, estaba instalada en una zona de confort que no me obligaba al riesgo. 

Un día lo conocí, simplemente apareció. Se presentó como Vincent y, aunque yo no estaba buscando nada, algo en él me atrapó. Desde el principio me dejé llevar por sus charlas, por su caballerosidad y el gran conocimiento que tenía de todo. Él no era un 'spanker', me lo dejó muy en claro desde el principio, pero me demostró lo contrario desde la primera vez que me puso sobre sus piernas y me azotó con fuerza y determinación. No sólo las nalgadas eran intensas, también lo era su mirada, su cuerpo, la forma en la que me hacía inclinar la cabeza y estremecer al sonido de su voz.

Durante las primeras conversaciones me explicó que él era un 'dominante' y me presentó algunas de las prácticas, me mostró imágenes y videos que, honestamente y dentro de mi negación, al principio eran irrelevantes y los veía por mera cortesía. Yo soy una spankee, le decía y, debo reconocerlo, él jamás me sugirió o insistió para que fuera algo distinto, lo único que hacía era compartir su mundo conmigo, de la misma forma en que yo lo hacía con él. 

Se adaptó a mí, se convirtió en mi amigo y cómplice, después en mi spanker. Ha estado presente en momentos personales de suma dificultad, ofreciendo siempre su apoyo incondicional y cariño. Las mejores experiencias spanko, las he tenido con él. No sé si por la intensidad, la sensualidad o la deliciosa mezcla sin nombre que, de a poco, comenzamos a hacer entre spanking y bdsm.  El placer, la entrega y la diversión iban en aumento cada vez. La cera caliente sobre la piel, el hielo recorriendo mi espalda, cuello y pechos; plumas suaves acariciando mi piel recién azotada, ojos vendados y mordaza sofocando mis gritos ante el dolor y el placer. La fabulosa experiencia de la sodomía, la humillación, los grilletes y, como cereza del pastel: un hermoso collar con cadena. 
(la experiencia del collar amerita un post aparte). 

Todo estaba ahí, y yo seguía sin poder verlo hasta que, sorpresivamente, me encontré usando su collar frente a otras personas, sintiendo la necesidad de satisfacerlo por encima de mis deseos o de mi propia comodidad. Descubrí lo bello que es obtener su sonrisa a través de mi dolor y me sentí sumamente feliz. Descubrí que parte de mi mundo es él, que mi vida cambió con él y le pedí ser su sumisa. Le pedí que me permitiera ser suya, más allá de los azotes. Le pedí que me aceptara como su posesión... Y aceptó. 

Es mi intención, con este blog, ir narrando cómo ha sido este proceso y, principalmente, describir el rumbo que seguirá mi vida en este paso a paso: mi vida con Vincent. 

A sus pies, siempre suya. 
H. de Vincent. 


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